un relato corto de Juan Manuel Garcia de Quiros:

EL CANTO DE LA URRACA

Todos los años, mientras estuve casado con Teresa, veraneábamos en Benidorm. Me gustaba el viejo pueblo, con sus calles estrechas y empinadas, y el mirador tan blanco en la parte alta. También el sol y la temperatura tan agradable a orillas del mar Mediterráneo. A veces sueño con barquitos de velas blancas meciéndose en alta mar. Hasta ahí mis buenos recuerdos. Los malos vinieron sin que yo los llamase. No supe el tiempo que Julián y mi mujer “se entendían”, para el caso daba igual.

Solíamos ir en el mes de julio, recién comenzada las vacaciones de nuestra única hija, Patricia. Los tres amigos y sus esposas, nos reuníamos en nuestra casa el mes anterior para mirar apartamentos, hoteles o casitas en la montaña o en Altea, hermoso pueblo cerca de Benidorm, buscando los precios que más nos acomodaba. De Andrés, el otro amigo, me fiaba, pero no sabía por qué Julián me inquietaba, quizá fueran los pensamientos que viajaban de su cabeza a la de mi mujer quienes me soliviantaban sin llegar a comprender el motivo que ocultaban. Pero lo que estaba oculto, aquel verano, se desveló. No sabría cómo, en el mirador, apoyados en la balaustrada, mientras contemplábamos absortos la grandeza del mar, sorprendí con estupor la mano de mi mujer asida a la de Julián. De pronto comprendí las sensaciones parecidas que tuve desde hacía varios años: algún beso de despedida rozándose los labios, miradas furtivas con los ojos entornados,  algún gesto incomprensible… Realmente, si no hubiera sido por aquella tarde, jamás hubiera imaginado que Teresa me engañaba, además, con Julián, quizás mi mejor amigo. Desde ese momento lo tuve claro. Me traicionaba con él desde hacía varios años. Se veían en su casa o en la nuestra, cuando la ocasión lo permitía. Cuántas veces merendó con nosotros, posiblemente después de hacer el amor con mi mujer, sin ningún remordimiento. Aquella noche no pude dormir, le daba vueltas y más vueltas al insólito descubrimiento. ¿Qué hacer? ¿Lo dejaría pasar ahora que estaba todo tan claro, me separaría de ella sin más, se lo diría al día siguiente más relajado? Así pase varias horas, hasta que vi entrar los rayos del sol tras la opaca cortina que cubría la terraza. Me levanté pronto, me duché y me afeité. Le prepararía el desayuno como tantas veces y, más tarde, le daría un beso para despertarla. ¿Sería capaz de repetir la misma escena de todos los fines de semana? Estaba tan confuso que así lo hice, la desperté con el mejor de mis besos y mi más fresca sonrisa. Eran muchos años y, en la ignorancia, había sido muy feliz. Por eso, debía dar una tregua, terminar las vacaciones de la manera más pertinente –si podía-, hacer la noche de despedida en nuestro apartamento o en el de ellos, como si el rayo de luz no hubiera atravesado el cristal. Y después de la cena, de las risas, de los bailes; después de habernos tomado el buen vino y el mejor cava. Cuando ya nuestros cuerpos inertes, tumbados sobre los sofás, revueltos nuestros cuerpos y nuestros pensamientos; en el momento más feliz, pensando el largo viaje que nos esperaba hasta Madrid, soportando nuestro sueño en medio de la inmensa caravana, con las innumerables paradas. Cansados ya del viaje y de nuestras vacaciones, arrepentidos como todos los años de volver al mismo lugar, por no soportar ese increíble viaje de seis o siete horas. Después de observar en la noche el último destello plateado del mar, esperaría ese momento para decirles:

−Este será el último año que vendré a Benidorm. Y espero que mi mujer y Julián sean muy felices. Mañana me vuelvo en tren para preparar mi divorcio.

La mujer de Julián, Estela, quedaría sorprendida, sin palabras, y posiblemente alguien pensaría en un discurso más importante, pero no quería nublar mi decisión con palabras rimbombantes ni escenas dramáticas. Sí, quería que lo supieran después de haber acostado a los niños y de oír el canto nocturno de la urraca.

Juan de Quirós, junio de 2013

 

2º Premio, Relatos Urbanos, 2013. Alicante

hace unos pocos días tuve la oportunidad de asistir al acto de presentación de la primera novela de mi amigo Juan Manuel García de Quirós Chacón; amigo, de los de verdad, de los que puedes contar con los dedos de una mano, de los que sobreviven a tres décadas y al cambio de siglo. El paso del tiempo nos ha envejecido  pero solo por lo inexorable de su huella en lo físico, porque en lo que verdaderamente somos, es decir en lo que hacemos seguimos siendo y haciendo lo que aprendimos en nuestra juventud, no aceptar los hechos como fatalidades, como designios extramundanos sino someterlos al pensamiento crítico. Observar, reflexionar y decidir.

La novela que nos presenta éste neurocirujano de profesión y escritor de vocación se titula “Detrás de la noche”. En ella se narra las circunstancias que sufre Andrés, un joven médico internista, que estrena su trabajo en una nueva y extraña ciudad en la que, desde su llegada ,tiene la sensación de hostilidad hacia él. Una serie de circunstancias, personajes y situaciones le complicarán su trabajo, su seguridad y su propia vida. El libro está publicado en ECU (editorial club universitario) en su colección narrativa.

…Una pista…¡ Dijeron que detrás de la noche vendría el alba!…

 

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Os presento en esta sección de “TEXTOS”, textos literarios de Juan Manuel García de Quirós Chacón. El Dr. Quirós estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia; realizó la especialidad de Neurocirugía en el H.G.U. de Alicante y los cursos de doctorado en la Facultad de Medicina de la Universidad Miguel Hernández (Campus de San Juan). Ha sido colaborador Honorífico del Departamento de Patología Quirúrgica de dicha Universidad desde 1991 hasta 2008. Ha trabajado, también, como médico en diversas Residencias de Mayores. En la actualidad está jubilado. Ha compaginado su vida profesional con su gran pasión que es la Literatura, la Narrativa y la Poesía. Se irán publicando sus trabajos a medida que vayan llegando a esta sección. En la actualidad está jubilado. En breve podréis hacer llegar vuestros comentarios.

EN UN PAÍS LEJANO Y EXTRAÑO

Julián salió, como todos los días, muy temprano. De la mano llevaba a su perra Cleopatra, vieja, muy vieja, quizá, tanto como él. Julián miraba al suelo, triste y atareado en sus pensamientos. Pensamientos de una vida que llega a su anochecer definitivo y que no estaría acompañado por su mujer. Ella, Antonia, había fallecido hacía poco tiempo, pero mucho antes lo había dejado solo. La grave enfermedad que padecía le había quitado a Julián todos los sueños unos años antes, dejándolo en una casa vacía y un montón de recuerdos que afluían sin cesar a su cabeza. La nostalgia de todo lo vivido, amado y sufrido, ocupaba todo su pensamiento.

Todavía sentía la mirada de su mujer cuando se aseaba por la mañana pendiente de su afeitado, esperando que detrás de la espuma blanca apareciera su cara, un rostro surcado de arrugas pero que era el mismo del joven que la enamoró. Julián la veía atareada, poniéndole las tostadas y el café con leche en la mesa camilla que tenían en la cocina. Sobre todo, recordaba la mirada furtiva de ella como si él no se diera cuenta, y las lágrimas de felicidad que surcaban su cara cuando asomada a la ventana, absorta, contemplaba el mar. Ese inestable mar que te trae su canción de olas y espuma blanca desde tan lejos…

Cuántos recuerdos pasaba por sus gastados pensamientos. Recordaría el día que la vio por primera vez, sentada ante la máquina de escribir de aquella vieja oficina, tecleando las letras como si fueran las notas de una partitura, o el primer beso que se atrevió a darle, temblando como un niño, sin saber cómo hacerlo.

La desaparición de Antonia lo dejó varado en la última esquina de su vida. Jamás pensó que aquello que no se atrevía a ponerle nombre, pudiera suceder. Pero sucedió paulatinamente, como viniendo la enfermedad de puntillas. Un día ponía el café dentro del frigorífico, otro no le salían los nombres de las cosas y, en poco tiempo, hasta llegó a dudar de aquel hombre que siempre estaba a su lado, que la arreglaba, y que la llevaba de aquí para allá. Finalmente, Julián, la ingresó en una residencia especializada para pacientes con deterioro cognitivo.

Los trastornos del lenguaje se manifestaron precozmente, no encontraba las palabras adecuadas con las que expresarse, olvidó el nombre de las cosas más simples y mezclaba el nombre de los objetos, llamándolos de manera equivocada e incluso inventando nombres que no correspondían a nada. En la evolución de su enfermedad era capaz de repetir frases hasta cansar a las paredes o la reiteración pertinaz de la última palabra de una frase de manera indefinida. Llegó a ignorar cómo debía vestirse o desnudarse. A la pérdida de la razón, del conocimiento y de su propia historia personal, familiar y social, se iba añadiendo, en ocasiones lentamente y en otras de forma brusca, el deterioro de las funciones vitales hasta convertirse en un ser totalmente dependiente, tanto que de no recibir la ayuda de un semejante, moriría de inanición rodeada de sus propias miserias.

Julián guardaba todos estos detalles en su corazón ya mayor. Las lágrimas acudían a sus ojos sin que las llamase, se habían convertido en unas amigas amargas que no le dejaban. Cuando oyó del neurólogo la palabra maldita de su enfermedad, no quiso creerlo. Estuvo varios días, varias semanas, sin admitirlo y finalmente lo aceptó, lo aceptó a la fuerza, como el rayo atraviesa las nubes e incendia un árbol, como la lluvia torrencial que anega los campos y destruye la cosecha. Su mujer, su amor, sufría la enfermedad de Alzheimer.

El doctor Alois Alzheimer, nacido el 14 de junio de 1864, en Marktbreit, y muerto a los 51 años de edad, presentó a la comunidad científica de su tiempo, en noviembre de 1906 su estudio: Sobre un proceso patológico peculiar grave de la corteza cerebral, reunión celebrada en Tubinga. Trabajo en el que describe la enfermedad que sufrió Auguste D., una de sus pacientes. A la muerte de ella, el resultado de la necropsia junto el estudio histopatológico del Sistema Nervioso Central fueron enviados desde Fráncfort a Múnich, donde a la sazón trabajaba el doctor Alzheimer, para su estudio y revisión. En el cerebro encuentra una atrofia de la corteza cerebral con citolisis (destrucción celular) generalizada, una patología extraña en las neurofibrillas (redes neurofibrilares y sustancia amiloidea), conclusiones reflejadas en el trabajo de Tubinga y publicado en 1907. Se trata, pues, de la primera historia clínica con resultados histopatológicos conocidos de la enfermedad que lleva el nombre del médico que por primera vez la estudió.

En la famosa novela de Mary Shelley, Frankenstein o el Moderno Prometeo, publicada en 1818, la autora crea un personaje, el doctor FRANKENSTEIN, que con restos humanos da vida a un monstruo. También en la ciudad de Praga, allá por el año 1.600, el gran rabino Loew construyó con barro de la ribera del río Moldava un GOLEM. Amasó y moldeó con sus propias manos dos columnas de barro macizo como unas toscas piernas, luego la cadera y la cintura, después el tórax y los potentes brazos, a continuación el cuello y la cabeza. Puso dos piedras en el lugar de los ojos. Después moldeó una nariz fuerte y recta y borró la boca que había formado. El rostro no tenía nada de humano. En la frente colocó cuatro tablillas de madera y se pudo leer la palabra EMET (verdad). Luego el gran rabino de Praga emitió unas palabras desconocidas y el impresionante ser cobró vida. El Golem significó una fuerza bruta que sólo obedecía a su creador y sirvió para amedrentar a los que sin motivo probado escarnecían al pueblo judío de Praga.

En la enfermedad del doctor ALZHEIMER de un ser humano, completamente normal, se crea, por involución y alteraciones cerebrales, un ser que poco o nada nos recuerda a la persona que fue y los convierten en falsos prometeos, castigados, como a aquél, con el sufrimiento y coronándolos no con la inmortalidad, sino con el desconocimiento de ellos mismos y la dependencia de los demás hasta su muerte.

Al final, sin saber cuándo, muchos de nosotros seremos desterrados a ese país lejano y extraño del que no regresaremos nunca jamás.

Julián todos los días, sale de su casa con Cleopatra, su perra. Los árboles, las montañas, el arrullo de los pajarillos, el cielo…, no le dicen ya nada. Para él sólo existen dos pensamientos: el recuerdo de su mujer y la necesidad de reunirse con ella, y la esperanza de que llegará un día en el cual esta enfermedad sea sólo un recuerdo.

 

San Juan, octubre de 2012

Juan de Quirós

 

EL TESORO DE LOS DESTERRADOS

Cuando pensamos en un tesoro nos viene la imagen de un baúl de madera repleto de doblones de oro como el descrito en la novela “La Isla del Tesoro” o, tal vez, el fabuloso tesoro de la “Cueva de Aladino” o el de “La Bella y la Bestia”; pero el tesoro del que vamos a tratar es mucho más valioso que todos los tesoros del mundo juntos, porque su valor estriba en que llevan al hombre a un crecimiento en su dignidad como persona, a perfeccionar su voluntad, su libertad y su razón. Esta perfección persigue hacernos más humanos, más hombres. Este gran tesoro casi oculto en la actualidad, pero que ha sido instrumento y guía de generaciones y generaciones, son los VALORES.

Pero, ¿a qué valores nos referimos? ¿Acaso a los valores que buscan la satisfacción de necesidades primarias, como el alimento, el vestido, la vivienda? Aún siendo estos importantes no son los que buscamos. ¿Quizá los que nos proporcionan seguridad, salud, confort? Tampoco son los que están en nuestro punto de mira. ¿Se trataría de los que persiguen la fama, prestigio, poder? Tampoco son ellos.

Los valores objeto de nuestra búsqueda son aquellos que nos hacen encontrar un sentido a la vida y luchar en pos de unos ideales, como la verdad, la justicia, la libertad, la bondad. Estos valores van más allá de las personas e, incluso, de lo que se opine de ellos y son los únicos capaces de trasformar al hombre y, por añadidura, el medio en que vive y se relaciona.

Han surgido siempre en el seno de la familia y transmitidos de generación en generación por el ejemplo de nuestros mayores en la adecuación o coherencia entre el pensamiento y la acción. Magnificados posteriormente con las relaciones entre amigos, maestros, y hermanos, ayudarán al hombre a insertarse de la manera más eficaz en la vida social.

Entre estos valores enumeraremos los siguientes:

El Respeto, la Tolerancia, la Honestidad, la Lealtad, el Honor, el Trabajo, la Responsabilidad, la Sinceridad, la Justicia, la Belleza, el Amor, la Amistad, la Bondad, la Verdad. De entre todos, como base y pilar de los demás, destaquemos: la LIBERTAD, la SOLIDARIDAD y la PAZ.

Pero en el momento actual, resumen cristalizado de décadas pasadas, hemos ido viendo con dolor, como estos principios se han ido difuminando y perdiendo en el tiempo. Es cierto que este proceso de desvalorización ha estado presente en todos los tiempos pero, quizá, no tan acentuado como en los días que vivimos, posiblemente, porque ahora es cuando nosotros estamos viviendo y le damos mayor importancia. No obstante, el comportamiento de la sociedad indica que se están dejando de asumir los valores expuestos y, por contra, se han ido introduciendo otros valores, otras formas de vivir, que podemos llamar antivalores, que denigran a las personas que los adoptan y, también, las propias relaciones humanas y, por ende, a la sociedad misma.

Muchas y diversas son las causas que han hecho posible este cambio, por ejemplo: el egoísmo, conflictos familiares, disolución de familias, presiones económicas, excesiva permisividad, la falsa progresía, la droga, el alcohol y, en definitiva, la falta de discernimiento de la verdad. Por otra parte, las guerras de unos países contra otros, la explotación de los más débiles por los más fuertes, la superproducción industrial buscando siempre mercados donde descargar sus productos, creando necesidades donde no las ha habido nunca, incitando a un consumismo exacerbado que desemboca todo ello en el imperio de las Multinacionales, que dictan las normas y principios que la sociedad debe perseguir.

Todo lo esbozado más arriba lleva a la sociedad al momento actual caracterizado por: la agresividad, el engaño, la extorsión, el terrorismo, la envidia, el hedonismo y el individualismo. Produciendo seres enajenados, alejados de ideales, desmoralizados, violentos y que no dudan en aprovecharse de sus semejantes para conseguir sus objetivos. Se trata, pues, de una sociedad enfrentada constantemente con la llamada “ELECCIÓN RADICAL”, es decir, cuando la ética y el propio interés aparecen enfrentados se opta por lo segundo, por el propio interés, con la consiguiente destrucción, una vez más, del hombre por el hombre.

Dentro de esta insensatez que descubrimos en la sociedad actual, alejada de todo tipo de valores e instalada en todo lo contrario, nos produce satisfacción saber que existen personas a nuestro alrededor que nos muestran constantemente una gran calidad humana, que asumen la responsabilidad de sus actos, que son honrados, humildes, solidarios, y respetuosos hacia sus semejantes. Son como islas, en un mar de locuras, como oasis, en un tórrido desierto o como faros que iluminan por donde guiar nuestros pasos. Estas personas pueden tener diferentes oficios, distintos estados sociales, ser jóvenes, de mediana edad o mayores. Aunque los grandes depositarios de estos tesoros, generalmente, son los MAYORES.

Los Mayores no son sólo “baúles de recuerdos”, tampoco únicamente los desterrados de una sociedad activa, los olvidados por los organismos estatales y aún, en muchos casos, por sus propias familias y amigos. Ellos son principalmente los garantes de los grandes valores, los valores que construyen al hombre desde sus cimientos para hacerlo más humano, más libre y mas solidario; los que se olvidan de ellos mismo para construir una sociedad donde quepan todos, con sus propias libertades, sus culturas y sus propias convicciones, desterrando el pensamiento único, ya que todos juntos tenemos que construir una sociedad más justa, más libre, más humana. Este, y no otro, es el tesoro de los desterrados.

pero, ¿cómo recuperar la voz de este colectivo cada vez más numeroso? ¿Quién va a prestar su voz a tantos ancianos que viven sus miserias recluidos en sus propias casas o los que precisan del sacrificio de sus familiares para pagar una residencia de la tercera edad? ¿Quién reclamará los derechos a una vejez digna, a la construcción de hospitales para enfermos crónicos o de larga duración, de residencias estatales gratuitas, aportando, si cabe, un porcentaje de su miserable paga? ¿Acaso se piensan los gobernantes que con el mezquino sueldo que les queda de retiro pueden siquiera mal vivir o, quizás, lo que se proponen solapadamente sea avivar el negocio, a costa de las necesidades de ese colectivo, de las residencias de lujo? ¿Como recuperar el equilibrio social desde el seno de la familia, pasando por la escuela, la calle, los lugares de trabajo y el ejemplo negativo de la televisión?

Los DESTERRADOS constituyen una sociedad única y en extinción. Una sociedad que dio todo lo que poseía para contribuir al desarrollo de un mundo que luego los olvidó. Después de una vida en la que la mayoría de ellos lo entregaron todo, el premio que reciben, en el mejor de los casos, es el olvido en casas apartadas de las ciudades llamadas Residencia de Ancianos. Quizá la revolución que queda por hacer sea reclamar una vejez más justa. Que no es un premio, ni un regalo lo que la sociedad ha de darles, es, simplemente, devolverles lo que les pertenece por haber aportado con su trabajo y esfuerzo esa nueva generación de jóvenes y adultos que toman decisiones, hacen leyes, y organizan y proyectan el país. Es un derecho inalienable que les es propio y que se lo ha sustraído la sociedad activa, porque quizá no vale la pena hacer ningún monumento al pasado.

Nosotros, los MAYORES, los que todavía podemos alzar la voz, somos los que debemos programar, desde la fuerza que nos otorga el ser depositarios de los grandes valores, la gran ofensiva social para denunciar la lejanía de la verdad, de la justicia, de la libertad y de la solidaridad, al tiempo que reclamar los derechos olvidados que nos corresponden.

 

¿Podremos? Pienso que con vuestra ayuda y el impulso que produce la tendencia a conseguir un fin justo a través de medios que dignifiquen al hombre, será todo posible y nuestro esfuerzo se verá recompensado con el alumbramiento paulatino de una sociedad más justa, más libre, más solidaria y que vive en paz.

San Juan, septiembre, 2012

Juan de Quirós 


            7

          LA NOCHE CON SU VELO NEGRO

                                   A mi amigo Luís. “In memoriam”

La noche, con su velo negro,

envolvió a mi amigo Luís.

¡La noche con su velo negro!

-“Andando voy con pies firmes

 a la isla de Esculapio

para que el dios vea mis males

y cambie por salud mi calvario.

¡Ay, la noche con su velo negro!

Con pies firmes a la isla del sabio.

Su guitarra,

trinos y melodías, canta.

¡Las treinta tonalidades

dormitan aún en su alma!

Las negras y las corcheas

entre sus dedos se escapan,

y un prolongado silencio

cubre los pentagramas

tachonados de compases,

ausentes de notas blancas.

¡Ay, Luís, Luís Fortich!

Ya las notas se pierden

en tu guitarra.

¡Ay, Luís, Luís Fortich!

El aire se lleva tu melodía

inacabada.

-“Con bastones apoyado volví.

Más tarde en silla de ruedas.

Esculapio me miró de perfil.

La esperanza se tornó en quimera”.

¿De qué le sirvió su ciencia?

¿Qué hizo Galeno, Avicena?

Dime, ¿qué hicieron?

Yo sólo pude…, darle un beso.

¡Ay, lo noche con su velo negro!

Los niños aprenderán a hablar,

a bendecir y recordar su nombre.

¿No oyes como lo deletrean?

¿No ves como ahuecan sus labios?

¡Ay, Luís, Luís Fortich!

¡Ay, Luís Fortich Morell!

¡Se me parte toda el alma

y el corazón que no ves!

Otra vez la noche

con su velo negro,

huyó con su preciosa carga,

¡riendo!

            

       

 8

      ESPERO TU RESPUESTA

Aquí estoy, de nuevo, junto a ti,

¡oh, inmenso mar! Triste y abatido.

Espero una respuesta, una palabra,

que a mi dolor de sentido.

¿Todo acaba en la negra noche?

¿Todo empieza al despuntar el alba?…

¿Por qué ruges a mis pies?

¿Por qué airado te callas?

¿Acaso la respuesta está

en el teórico origen del alma?

Entre la vida y la muerte,

¿sólo la energía escapa?…

 

Juan  de Quirós

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